Hubo una vez, en Píritu-Portuguesa,
una muñeca que se comía los pies.
Estaba hecha de trapo, y humedecía la
costura de sus zapatos, tratando de convertirse en una o que se
tragara a sí misma.
La historia le arrancó de la boca sus
pedazos y la convirtió en adulta.
Mucho pasó que se le iban los hilos y
resguardaba debajo de sus telas a los cabezas calientes, que lo mismo
se iban a reverdecer las montañas, que ponían el cuerpo contra la
injusticia.
Los escondía en cada sortija de su
cabellera y se casaba con cada uno en las más fugaces bodas: “te
acepto y me aceptas”. No podían negarse a su lengua de cayena.
Cinco hijos la descosieron y la
volvieron a hilvanar.
Sus extremidades las moldeó con papel
maché, su pecho con el barro que ardía con el sol.
Además de muñeca, fue adulta y
maestra, pero a ella le gustaba más ser niña, pulpera, pintora,
poetisa, madre, vestidora de muertos adultos y niños, y guardiana de
corazones guerrilleros.
